Hoy son solo 30, dicen, pero no están siendo abordados de forma perseverante por ninguna oficina pública/programa público que asuma el problema y llegue hasta el fondo. ¿En qué clase de jóvenes y adultos se convertirán si continúan pasando horas, días, meses y años en la calle, sin alimentarse, sin estudiar, sin medicarse, sin afecto?
Ahora que aún tienen apariencia de niños, no son vistos como tales. Sino como una amenaza que crece. No están siendo tratados ni en su adicción, ni en su desnutrición, ni en su analfabetismo. Cada día que pasa, sin que se haga algo al respecto, es otra oportunidad que se deja pasar para intentar rescatarlos de una muerte prematura o de que vayan a parar en el reclusorio de adolescentes y luego, cuando cumplan los 18 años, sean trasladados a la cárcel de mayores. ¿Es el final irreversible?
La situación genera más preguntas que respuestas. Pero algo que no se puede discutir es que estos niños y adolescentes no son responsables de estar en las calles, donde son tratados como delincuentes –que de hecho es a lo son empujados– y que a nadie les interese su presente, y menos aún su futuro. O lo que es peor, sus vidas. Se encuentran en un estado deplorable. Están permanentemente "volados" y responden con agresividad. Son presas fáciles de proxenetas, traficantes y ladrones que nunca faltan. Los eternos aprovechadores de la miseria humana.
(Susana Oviedo, diario Última Hora -Paraguay- 26 de marzo de 2008).

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